viernes, 30 de mayo de 2014

Relatos mínimos: "Jam"


 
 
JAM

 

 
 
«Un.» El batería percute una baqueta contra la otra. «Dos.» Marca el tiempo del tema con el que va a arrancar la jam. «Y este todavía afinando», piensa Antonio con las manos dispuestas sobre el teclado. «Tuvo tiempo de prepararse en el camerino, en lugar de montar el “pollo”.» Porque al bajista no se le ocurrió nada mejor que contestarle al dueño «a qué viene tanta prisa» cuando este apareció jadeando mientras palmeaba y gritaba: «a tocar, nenes.» «Un.» Y esa manía de volver hacia atrás en la cuenta, como si los dos primeros números sirviesen solo como aviso. «Dos», repite el batería con la vista puesta en la puerta del local, por si al final aparece ella antes de que la cierren. «Por si no fuese poco aguantar a los nenes, ahora el humo, con mi asma», piensa el bajista, que desiste de afinar el instrumento. «Lo ajustaré sobre la marcha.» «¿Arrancamos con el blues?». Y Antonio no se lo puede creer, que el tipo pregunte algo así en la cuenta. «¿No es la estrella invitada?, ¿no lleva más de cuatro años tocando con los yanquis?». Se cierra la puerta del local y ya hay un par que chupan del cigarro. «Tres.» «Cómo voy a tocar si me ahogo, luego dirán que estoy viejo.» «Oxidado, el tío está oxidado», se dice Antonio tras contestarle que sí al trompetista, que no recuerda ni el tema con el que arrancan. «No vendrá, la señora marquesa no va a entrar en un antro como este, claro», piensa el batería cuando dice: «Y…»

La música lucha contra el volumen de las conversaciones del público, contra el ruido de alguna copa rompiendo contra el suelo; incluso contra el sonido de la cisterna tras la puerta entornada del servicio. El bajista hiperventila como un perro; el trompetista expone un tema que chirría en los agudos; el batería golpea el ride de forma mecánica, con la vista perdida en el fondo del local; el pianista oculta su rostro entre las teclas, lo hunde. «Venga, gente, a beber», grita el dueño del local a los pocos clientes acodados sobre la barra.

 

«Lo único positivo de la noche es no haber cargado con el contrabajo», se dice Miguel mientras observa —se arrulla con la música de fondo en uno de esos sillones mullidos del local, como un pájaro que se disponga a pasar noche en un nido confortable su Fender Precision apoyado en el pie, sobre el escenario ya apagado, en el que apenas pueden adivinarse los contornos de los instrumentos. «Como si fuese un barco fantasma», se dice Miguel cuando observa esa tarima elevada a través de los hielos del vaso bajo que ha vaciado en tres sorbos y que se coloca ante los ojos como diciéndose que es preferible ver las cosas a través de ese filtro, que desde el punto de vista que ofrece el cristal y el resto de wiski que se desliza hielos abajo, todo aquello puede soportarse; a pesar del asma y la desgana, a pesar de todos esos nenes que pretenden comerse el mundo tocando en un local de provincias para zombis noctámbulos.

«Debería haber aceptado el trabajo en el crucero. Al menos cada noche estaría en un lugar diferente. Aunque fuese siempre lo mismo, sería distinto. Y trabajaría con músicos como yo, con profesionales que irían a lo que hay que ir: cobrar y no complicarse la vida. Tipos que sabrían, como lo sé yo, que la música no le interesa a nadie, que la música está ahí para crear cierta atmósfera, cierto ambiente, un colchón sobre el que las palabras simulen cobrar importancia, la banda sonora que acompañe, muy de fondo, sin estridencias, esas vidas serias que tanto se merecen momentos de esparcimiento.»

El dueño del local apaga las luces tras hacer la caja. «Podría haber ido peor», se dice. Siempre puede ir peor. Al menos, esta noche no se ha visto obligado a regatear con los músicos. Lo prefiere así, darle a cada uno sus cincuenta euros y no perder energía discutiendo. Camina a oscuras los escasos metros que le separan de la salida y una vez fuera baja la persiana metálica. Dentro quedan las sombras; y Miguel, el contrabajista, soñando con un trasatlántico sobre un mar azul y calmo.
 
 
 
 

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