sábado, 23 de febrero de 2013

Relatos mínimos: "Promesa"




PROMESA

 

 

“Traidor. Compartir media vida con un cobarde. Irse a morir ahora y dejarme así.”

   Me negué tres veces, como el Pedro bíblico. No me hacía gracia, ni un poco; que me encasquetasen a mí el marrón de darle la noticia sólo porque éramos vecinos, que me cargasen con esa losa por imperativo del azar. Desde luego que no me esperaba su reacción, que se cagase así en los muertos del finado. No me esperaba esas palabras; ni los reproches ni la confesión.

“Dímelo en serio. Dime si lo harías llegado el caso. Dimes si serás capaz o saldrás huyendo como haces siempre.”

   Cuando entré en la habitación estaba sedada como me habían avisado las enfermeras. No quería despertarla. Ni lo quería ni me apetecía. Despertarla para qué, ¿para comunicarle de forma oficial que su marido había muerto? Introduje una moneda en la ranura del televisor, me senté en la silla para las visitas y observé un documental de La 2 con el volumen a cero. Hasta que despertó.

“Lo hablamos muy en serio. Lo decidimos hace ahora treinta años. Tras ver la película de Haneke. Lo hablamos durante la cena y decidimos de forma racional que llegado el caso sería lo mejor. Lo firmamos con sangre.”

   Hasta que despertó y supo de inmediato que yo no me encontraba en el cuarto como vecino sino como agente del orden. Lo supo antes de fijarse en el uniforme, lo supo ya por el gesto de mi cara recibiéndola recién llegada del sueño. Y se lo dije, claro. Se lo dije de la forma más rápida y directa. Sin pomada. Porque es lo mínimo que se merece una mujer como ella, una señora que se ha mostrado desde siempre íntegra de los pies a la cabeza.

“Lo firmamos con sangre. Nos obligamos a ocuparnos del otro llegado el caso. Nos comprometimos a darnos la muerte en cuanto la vida dejase de serlo.”

   En un primer momento calló, como si no me hubiese escuchado, o como si lo que estaba escuchando fuese algo que ella no podía escuchar, algo imposible, como escuchar que un marciano verde y cabezón se acaba de descolgar por la ventana del cuarto o como escuchar que el hambre y la guerra se han terminado para siempre en el mundo. Calló. Miré un instante hacia el televisor para no inmiscuirme en su silencio. Hasta que comenzó a gritar. A insultarle. Le llamaba traidor, una y otra vez traidor y luego cosas peores.

   Un día demasiado tranquilo preludia siempre jornadas espesas. Llevo más de veinte años en la misma comisaría y siempre ha sido así. Ayer no hicimos otra cosa que pasearnos y tomar café. Eso y explicarle a una anciana que las deposiciones de su perro tiene obligación de recogerlas el dueño. Así que hoy, antes incluso de cambiarme, sabía ya lo del vecino. Intentaron hacerle un lavado de estómago pero era más que tarde. Las órdenes no se contestan. Aunque me parecía del todo injusto que tuviese que ir yo mismo a darle la noticia a su mujer sólo porque éramos vecinos.

“Hay que ser muy cobarde para quitarse la vida así. Para irse antes que yo. Para irse dejándome aquí. Para irse sin haber cumplido su promesa. Eso no es amor, nunca lo ha sido.”

 

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